Año 7 - Edición semanal - ISSN 2422-7226

Pedro Opeka: el sacerdote argentino que construyó la esperanza en un pueblo africano

ISSN 2422-7226

(Año 4/ Santa Cruz/ 09-09-2019/ ISSN 2422-7226)

Al ver unos niños que peleaban en un basural por un trozo de cerdo para comer, el padre Pedro Opeka pensó: “Tengo que hacer algo, esta gente no puede vivir así, Dios no lo quiere, son los hombres los que lo permiten, sobre todo los políticos que no cumplen lo que prometen”.

Así, a mediados de 1989, se juntó con gente que vivía en casas de cartón junto al basurero municipal de Antananarivo, capital de Madagascar, y les dijo: “Si están dispuestos a trabajar, yo los voy a ayudar”. Así lo cuenta el escritor Jesús María Silveyra en su libro “Viaje a la Esperanza” ( Ed. Lumen, 2006) tras haber pasado un tiempo en Madagascar para conocer in situ la obra de este sacerdote argentino, centrada en el trabajo y la educación para que el pobre recupere su dignidad, no en el asistencialismo, que lo llevó a fundar la Asociación Humanitaria Akamasoa (“Los Buenos Amigos”) y levantar con sus futuros 25 mil habitantes en cinco poblados con miles de viviendas, además de colegios, dispensarios y clubes. Y poner en marcha emprendimientos productivos.

Nacido en San Martín, en el gran Buenos Aires, en 1948, hijo de inmigrantes eslovenos que huyeron de los horrores de la guerra, Pedro abrazó desde pequeño su pasión por el fútbol y a la vez adquirió conocimientos de albañilería por la ocupación que tenia su padre. Aquella capacitación le valdría el mote de “el albañil de Dios” porque se volvería muy útil para todas las edificaciones que más tarde levantaría. Tras estudiar en el colegio de los vicentinos en Lanus y Escobar, a los 18 años, ingresó al seminario de San Miguel, donde tuvo un profesor de Teología que con el tiempo se volvería famoso mundialmente: el padre Jorge Mario Bergoglio.

la extrema gravedad de la situación social, con tanta gente viviendo en condiciones infrahumanas, lo llevó a encarar una formidable tarea de promoción social con obras concretas. Y si bien recibió ayuda del exterior, la centralidad de su acción se basó en comprometer a los habitantes en su propio desarrollo tras ganarse su confianza y ser muy respetuoso de ellos, dejando de lado todo paternalismo. “El asistencialismo, cuando se vuelve permanente (salvo extrema necesidad) convierte en dependiente al sujeto de la asistencia y Dios vino al mundo para hacernos libres, no esclavos”, dice el padre Pedro en libro de Silveyra.

Distinguido con la Legión de Honor, la máxima distinción de Francia, se lo menciona como candidato al Premio Nobel de la Paz. “Tengo pocas chances de recibirlo porque soy un sacerdote católico”, dice. Y completa: “Pero a mí la gente de mi pueblo me da el Nobel todos los años… Nunca tuve nada y al mismo tiempo lo tengo todo. Porque cuánto más compartí, cuánto más di, más recibí”. Pero ayer sintió que tuvo otra gran recompensa: la visita de su antiguo profesor, el hoy Papa Francisco.

Por Sergio Rubin
CLARÍN

Download PDF
Año - Edición -

No hay comentarios

Agregar comentario