Año - Edición - ISSN 2422-7226

Caleta Olivia: Sustancias y conductas tóxicas que dañan

ISSN 2422-7226

Suele explicarse livianamente que uno de los factores causales de las adicciones de niños y jóvenes que consumen alcohol y drogas se debe a la “culpa  de las  familias”. Esta perspectiva no sólo es limitada e insuficiente, sino que además, no considera el hecho que en sociedades donde coexisten relaciones sociales deterioradas y con baja calidad institucional se crean condiciones propicias para el morbo sobre temas sensibles de la vida cotidiana que se instalan en la opinión pública desde un sentido común sin ningún filtro responsable. Mayores riesgos se dan cuando los temas sensibles como las adicciones y el alcohol son explicados por personalidades con probadas conductas tóxicas. ¿Qué sucede en sociedades en crisis de integración social cuándo “personalidades tóxicas” hablan libremente sobre “sustancias tóxicas”? ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo desde la opinión pública que autoriza y legitima ese tipo de opiniones en una sociedad con crisis de gobernabilidad?   

(Año 1/ Edición Nro. 46/18 de Mayo de 2015 /Caleta Olivia). Atención lectores. Este breve artículo de opinión, exige unos alertas de ruta en la lectura, a fin de no parecer groseros con el campo del psicoanálisis, ni con los mejores esfuerzos que se realizan desde las políticas públicas y los entornos familiares que buscan combatir los flagelos de nuestra juventud local.

La mirada que proponemos es de buen sentido y apta para quienes imaginen que tenemos como materia pendiente mejorar la calidad de las relaciones sociales y del abordaje de los problemas que como las adicciones y las “malas ondas”, o mejor dicho las conductas tóxicas nos han llevado al modelo de sociedad y de gobernabilidad que hoy tiene nuestra Caleta Olivia.

Por ejemplo, suele suceder que en cada ciclo de procesos electorales y/o momentos de crisis de gobernabilidad de una ciudad o país, se  recurra a montar campañas mediáticas hablando de inseguridad,  alcoholismo, adicciones, prostitución, etc. Este viejo mecanismo de instalar una “caza de brujas” señala culpables y explica libremente que el modelo de sociedad del presente es responsabilidad de otros en el pasado. Así en el ejercicio discursivo, quien emite el mensaje puede temporalmente ganar tiempo, por ejemplo, para esconder sus  propias debilidades y miserias.

Así, suelen instalarse versiones derivadas del sentido común sobre temas sensibles como las adicciones y el alcohol en las poblaciones juveniles del presente. Versiones que pueden alcanzar complementariamente en la búsqueda de “culpables” a las propias familias en una sociedad claramente desintegrada. Sociedades en las que las formas de ser de las familias, ya no son más las que hemos conocido históricamente y en las que las formas de ser de los jóvenes ya no se identifican más con los valores primarios representados en el seno familiar.

En Caleta Olivia, durante este último mes, hemos asistido a una serie de cátedras de toxicología, criminología sobre las adicciones y hasta sobre el narcotráfico. Curiosamente las miradas de expertos o especialistas son requeridas en programas mediáticos para reforzar el debate e imaginario de sentido común, mientras que no se discute que esas miradas sean efectivamente potenciadas desde las políticas públicas locales. Así presentadas las cosas, tanto profesionales de la salud como de la seguridad pública, suelen ser convocados para reforzar el sentido común, mientras que en los hechos se les exige combatir los flagelos de las drogas y el alcoholismo juvenil con “escarbadientes”.

Resulta más triste y engañoso aceptar pasivamente la reproducción de mensajes apocalípticos  provenientes de fuentes que todos reconocen en “off”, son representantes de conductas sociales reconocidamente tóxicas. De hecho, la ciudad de Caleta  Olivia dispone de una historia social de conductas tóxicas, que incluye y debería incluir el comportamiento en un escenario de adicciones dónde el alcohol y las drogas están presentes en la juventud en la vida cotidiana.

Simplemente basta recordar que el grueso de los descendientes actuales de nuestra sociedad es resultado de una cultura local petrolera forjada mayoritaria y dominantemente por hombres. Hombres donde las conductas tóxicas incluyeron un concepto de la mujer, del alcohol y de la vida social que lleva a las adicciones de antes y de ahora como el consumo de drogas en la juventud y hasta en las duras jornadas de la vida petrolera según es contada por los propios trabajadores del sector.

El modelo extractivo petrolero, también generó en el uso de los espacios familiares una serie de conductas tóxicas que permanecen en la memoria social que muchos conocen y callan. El abuso infantil, el embarazo precoz, la violencia intrafamiliar, el juego de azar, etc. son una constante que es universal, pero que también reconoce su particularidad cultural local silenciada.

Por otro lado, nadie puede obviar que en los ‘90 la privatización de YPF provocó el retorno  definitivo de los abuelos y padres a los hogares. Por entonces, muchos niños habían sido criados como hijos por parte de abuelas y abuelos. El prematuro retorno del abuelo a la casa, provocó en muchos casos la primera ola de expulsión de esos adolescentes, que debieron migrar a buscar distintos espacios donde vivir. Casas de amigos, familiares, la calle, fueron el lugar donde buena parte de la juventud de Caleta Olivia construyó su identidad.

Esos jóvenes de los ‘90  hoy son padres, y algunos de sus  hijos forman parte de los planes 1840, de cooperativas y/o de los batallones de desocupados que mañana tras mañana vemos por las calles limpiando nuestra basura, sin equipamiento de seguridad, sin obra social y tal vez sin un proyecto de futuro laboral y profesional.

Tal ha sido el historial de conductas sociales tóxicas que no estaría mal aprender un poco de la bibliografía de “autoayuda” que como Bernardo Stamateas nos ayuda a identificar personas con conductas tóxicas. El autor señala que los perfiles de personas tóxicas se reconocen por ser el mete-culpas, el envidioso, el descalificador, el agresivo verbal, el falso, el psicópata, el mediocre, el jefe autoritario, el neurótico, el manipulador, el orgulloso y el quejoso. La agresividad verbal y no verbal, sin filtro ni autocontrol que salpica de manera  agresiva  a todos los que se encuentran en un mismo espacio social, es la constante.

La agresividad como constante, es una de las conductas más tóxicas, porque como sucede con algunas drogas tremendamente peligrosas, sus efectos se mantienen durante mucho tiempo… el lector sabrá sacar sus propias conclusiones e identificar perfiles tóxicos.

Hay casos, por ejemplo en que personalidades tóxicas, sufren de tal manera que su resentimiento sólo pude alimentarse del mal humor y la descalificación por el otro. Un caso muy extendido en nuestras latitudes es el asociado a la frustración por el deseo de lo que el “otro” posee y envidiamos en secreto.

Dicen los especialistas en conductas sociales tóxicas, que las sociedades están bastante sensibilizadas con el peligro que entraña el consumo de sustancias tóxicas, pero que “sin embargo se tiene menos conciencia sobre la toxicidad que podemos encontrar en el mundo de las relaciones humanas y vínculos que resultan nocivos”.

Una mirada de las “conductas tóxicas” asociada al consumo del alcohol y drogas como “sustancias tóxicas” y que supere el enfoque de sentido común que se reproduce en la ciudad, debería cuando menos superar la lectura que hoy es dominante y dañina. En este sentido reconocemos que existen una serie de instituciones públicas y civiles que se esfuerzan por prevenir y curar, por difundir y actuar responsablemente. Pero también es cierto, que un trabajo en red de manera efectiva y eficiente ante las adicciones todavía está lejos de ser una realidad.  Sólo a modo de ejemplo podría sostener que es necesario que la palabra “red” no sea solo eso, una palabra sin sentido, sino una acción de coordinación y para ello se necesita como mínimo recuperar la confianza en el Estado local, cuestión que parecería hoy en Caleta Olivia no es posible.

Por otro lado, combatir las adicciones, ni que hablar del narcotráfico, adquiere como mínimo dos formas directas de entenderlo para abordarlo. Una, mediante la existencia de sólidos aparatos de seguridad y una adecuada tecnología; y la otra, mediante la construcción de ciudadanos con pleno ejercicio de derechos. Los ciudadanos se construyen no a través del voto, sino a través de una educación de calidad.

Para nadie resulta una novedad que sí existiera sólo una generación de gobernantes que piense y actué la ciudad para los jóvenes y con los jóvenes la espacialidad social revertiría las condiciones para los caldos de cultivo como las adicciones. Pensar en organizar y distribuir la infraestructura y la espacialidad urbana e institucional existente, ayudaría a imaginar una ciudad donde lo que no existe en el espacio del hogar este en el espacio público. Allí donde se construyen los valores que no encuentra el joven en su hogar, no porque sus familias sean culpables, sino porque es fuera de la casa donde actúa el libre mercado de los consumos. Aquí es donde debe actuar el Estado creador y es obvio que en ese lugar no debe haber lugar a personalidades tóxicas.

Por Melva Rodríguez

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