Santa Cruz y el cambio de época. El progresismo en fuga de sentido ante la Libertad Avanza

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El avance de nuevas narrativas políticas en Santa Cruz no puede leerse solo en clave electoral. Detrás del crecimiento de La Libertad Avanza emerge un fenómeno más profundo: el vacío de sentido que deja un progresismo incapaz de elaborar proyectos colectivos, repensar el conocimiento y discutir un modelo de desarrollo acorde al mundo del siglo XXI.

El giro ideológico que atraviesa hoy a las democracias occidentales no le es ajeno a la provincia de Santa Cruz. No se trata de una anomalía local ni de una coyuntura pasajera, sino de un proceso cultural de época que interpela al territorio, a sus actores políticos y a sus instituciones en un contexto planetario de transformación acelerada. En un mundo donde el conocimiento —la inteligencia artificial, la tecnología y la ciencia— redefine las condiciones de existencia, la pregunta central es por la calidad del debate público que somos capaces de sostener como sociedad.

En Santa Cruz, este proceso se expresa con claridad en el avance de la derecha a través de La Libertad Avanza. No es solo un fenómeno electoral, sino una narrativa que logra instalarse culturalmente. Desde los espacios que se definen como progresistas, este avance suele explicarse como una amenaza externa o una desviación ideológica, pero rara vez se lo analiza como síntoma de un vacío propio. A su tiempo, La Libertad Avanza interpelando  a sectores diversos, especialmente a millennials, generación Z y generación Alfa, utilizando con eficacia los lenguajes y formatos del ecosistema digital contemporáneo.

En este marco, muchos de quienes hoy se alinean con la derecha en Santa Cruz no son ideológicamente de derecha en sentido clásico. No lo son por origen social, por trayectoria política ni por tradición familiar. Se refugian allí porque encuentran algo que el progresismo dejó de ofrecer: lenguaje, orden social y construcción de sentido frente a una realidad fragmentada e incierta.

El progresismo provincial, en cambio, muestra crecientes dificultades para elaborar un proyecto colectivo que convoque más allá de sus propios círculos. En lugar de producir horizonte, se instala un discurso centrado en la descalificación del otro, en la lógica del escrache fascista y en la administración moral del conflicto. Esa dinámica sustituye la política por el juicio moral y vuelve imposible pensar acuerdos amplios. A ello se suma una persistente incapacidad para revisar las agendas del siglo XX todavía presentes en el debate público: ¿cómo seguir siendo petroleros?, ¿cómo ser industriales y comerciales?, ¿cómo sostener esquemas productivos diseñados para un mundo que ya no existe?.


La ausencia de una reflexión seria sobre un modelo de desarrollo económico acorde al siglo XXI —vinculado al conocimiento, la innovación, la transición energética y las nuevas formas de trabajo— profundiza ese vacío.

Este empobrecimiento no se limita a la política partidaria. Es un fenómeno transversal, que atraviesa generaciones e instituciones. Se expresa con fuerza en el campo de la educación en sentido amplio, entendida no solo como escuela o universidad, sino como el conjunto de espacios donde se produce, circula y valida el conocimiento. No es un problema nuevo: ya en 2013 https://www.observadorcentral.com.ar/carta-abierta-a-los-responsables-de-la-educacion-de-santa-cruz/  advertíamos en este portal  sobre la dificultad del campo educativo para repensar qué tipo de saberes, competencias y capacidades requería una provincia inserta en un mundo en transformación acelerada.

Cuando la educación se limita a reproducir esquemas cerrados y debates heredados, pierde su función principal: formar pensamiento crítico, creatividad y capacidad de comprensión de la complejidad contemporánea. En lugar de anticipar el futuro, queda atrapada en la inercia del pasado.

Como advirtió Pierre Bourdieu, cuando los campos políticos y académicos dejan de producir discurso transformador y se limitan a reproducir sentido común legitimado, pierden su capacidad crítica. En ese punto, las instituciones dejan de iluminar el presente y pasan a administrar su propio agotamiento.

La pregunta incómoda, pero necesaria, se impone entonces sin rodeos:
¿quién está hoy en condiciones de producir, desde Santa Cruz, un pensamiento colectivo capaz de articular política, conocimiento y desarrollo en el mundo que viene?

Magíster Mario Palma Godoy

Director FOC

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