Por Daniel Marques
En estos primeros días del año 2026 la ciudad de Comodoro Rivadavia ha quedado expuesta a una multiplicidad de situaciones críticas que ponen en evidencia las décadas de desidia, desinversión, negligencia y falta de políticas públicas sustentables. Estamos atravesando un contexto de auténtica implosión con la emergencia de un número inédito de emergencias: “emergencia geológica, urbanística, hídrica, de seguridad, sociolaboral, económica, patrimonial y hasta ígnea” (si sumamos los embates de los incendios catastróficos de la cordillera que están arrasando el noroeste de Chubut). Todas estas “emergencias” son consecuencia directa de acciones no realizadas (inacciones) o determinaciones mal enfocadas desde hace años por parte de nuestras dirigencias locales, provinciales y con responsabilidades también de los gobiernos nacionales (incluidos el actual). Comodoro Rivadavia siempre fue una ciudad compleja, municipalizada tardíamente en su totalidad sobre principios de la década de 1980, con una estructura urbana fragmentada, dispersa, impactada por la explotación petrolera y la disposición geográfica de los cerros y cañadones. Pero la falta de planificación municipal ha sido una constante, acompañada con la irresponsabilidad social de ocupaciones en áreas no habitables, en gran medida avaladas por autoridades municipales sin ningún criterio urbanístico más allá de la demagogia electoral de ocasión. El desplazamiento del cerro Hermitte es un simple resultado previsible de estas conductas, ya conocido como posibilidad desde los años 50 y con acciones de cierta previsión en los 80 para evitar la ocupación informal (gestión Morejón) y 2000 (gestión Aubía), que no tuvieron continuidad en los últimos veinte años. No debemos olvidar que vivimos una catástrofe parecida, por motivos naturales (lluvias muy intensas) en el 2017 y algunos de quienes gobernaron la ciudad en esos años (hoy premiados por el electorado como Senador y Diputado Nacional) tuvieron el tupé de plantear que iban a “refundar Comodoro Rivadavia”. Está a la vista. Por otra parte, la crisis hídrica con los desmanejos impunes de la SCPL en la gestión del servicio de agua domiciliaria también era algo previsible. Tenemos tres acueductos, el primero construido por la petrolera estatal desde Manantiales Behr en torno a 1919, el otro definido entre 1963-1966 desde el Lago Musters y el más reciente inaugurado hace más de 25 años, en 1999, pero nunca pudimos resolver de fondo el problema del agua. Además el costo de los servicios que administra la misma SCPL (sobre todo el agua y la energía eléctrica) llega a precios insostenibles, casi usurarios, en un marco monopólico, avalado por la complicidad del Municipio, dos de las situaciones que buscó combatir como principios constitutivos la misma institución cooperativa fundada en 1933 (nacida para competir con la Usina privada de los Ibarguren y evitar la creación de una Usina Municipal). Hoy la realidad indica que la SCPL no tiene nada de los valores éticos que dieron nacimiento a la entidad hace ya casi 100 años atrás. Ni hablar del otro gran tema, la inminente salida de YPF de la Cuenca del Golfo San Jorge y de la ciudad. Esto se venía venir desde hace al menos seis años atrás cuando se planteó el traslado de la Administración de YPF a Las Heras y, además, sufrimos la experiencia traumática de la privatización en los años 90. Pero parece que nuestros dirigentes no han aprendido nada de la historia reciente y actúan hoy, como lo hicieron sistemáticamente en los últimos años, sobre la coyuntura, tratando de morigerar impactos y reducir costos cuando todo está definido, pero nunca antes. Tampoco volvimos a analizar de fondo, y en serio, otras formas para promover la diversificación productiva fuera de la explotación petrolera (tema del que se discute episódicamente hace más cincuenta años sin ningún destino cierto). Agreguemos los recientes homicidios en sectores centrales del ejido, las constantes desapariciones de vecinos sin ningún atisbo de información (que se han multiplicado en las últimas décadas). Pareciera imperar, sin límites, la inseguridad en la vía pública. En síntesis: todo muestra a las claras una ciudad sin proyecto de futuro, casi sin horizonte, casi sin una “luz al final del túnel”, en un estado de cosas muy parecido a una decadencia fenomenal, con múltiples responsabilidades, pero con la manifestación de las más profundas de las carencias, la que sostiene y explica todas las demás: la “emergencia dirigencial”, con autoridades ejecutivas y legislativas que no han estado y no están, ni por asomo, a la altura de las circunstancias. Espero, como sociedad, sepamos ver, si es que aún estamos a tiempo (a veces lo dudo), el corazón del problema.