Por Rafael Martínez-Cortiña
Una imagen resume el desconcierto del momento histórico que vivimos. Bernie Sanders, un hombre de más de ochenta años con el cabello alborotado por mil batallas perdidas y con la voz ronca de quien lleva décadas vociferando en el desierto, manifestó una serie de incógnitas sobre el futuro que estamos construyendo. En el imponente Senado de los Estados Unidos, Sanders hizo una autopsia del mañana con preguntas que hoy parecen no tener respuesta.
Para quien no le conozca, Sanders es ese eterno candidato que nunca gana las primarias en Estados Unidos, pero siempre agita. Este político, que podría describirse como una anomalía estadística, no tomó el micrófono para hablar de salarios mínimos o de la codicia de Wall Street, sino para preguntar quién tiene las llaves del futuro y cómo nos afectará al resto de seres humanos.
Su discurso, pronunciado el 9 de diciembre de 2025, plantea siete preguntas fundamentales y resalta la necesidad de la acción democrática en una era donde tanto algoritmos como robots amenazan con redefinir no solo la economía, sino la esencia misma de la humanidad.
La primera pregunta es «¿Quién controla la IA?». La tesis de Sanders, tan sencilla como aterradora, es que estamos permitiendo que un puñado de hombres como Elon Musk, Jeff Bezos, Bill Gates y Larry Ellison, entre otros pocos, estén diseñando la próxima etapa de la evolución humana sin necesidad de pasar por las urnas. «¿Es correcto que esta élite moldee el futuro de la humanidad sin rendir cuentas?», pregunta el senador, citando a personas que desprecian a los reguladores.
La segunda pregunta es «¿Qué pasará con el trabajo?». Según los datos que presentó en el hemiciclo, la IA y la robótica podrían hacer desaparecer a cerca de cien millones de empleos en los próximos años, solamente en los Estados Unidos: el cuarenta por ciento de las enfermeras, el cuarenta y siete por ciento de los camioneros, el sesenta y cuatro por ciento de los contables, el sesenta y cinco por ciento de los asistentes educativos y el ochenta y nueve por ciento de los trabajadores de fast food serán sustituidos por máquinas. La pregunta que plantea Sanders es qué haremos los humanos cuando las máquinas sean «más eficientes». Si el aumento de la productividad que trae la IA solo sirve para incrementar el poder de las corporaciones tecnológicas mientras millones de personas pierden su sustento económico, no estamos ante un avance para la humanidad, sino ante un saqueo tecnológico.
La tercera pregunta es «¿Qué le ocurrirá a la democracia?». En uno de los momentos más lúcidos de su intervención, Sanders alude a Larry Ellison, el fundador de Oracle, quien ha hablado sin pudor de un sistema de vigilancia masiva donde cada uno de nuestros movimientos, palabras y transacciones serán registrados y analizados por una IA en tiempo real. Ese sistema nos invita a imaginar nuestro futuro como el panóptico del filósofo Jeremy Bentham, pero llevado a la enésima potencia digital. La privacidad, advierte el senador, corre el riesgo de convertirse en un residuo arqueológico del siglo XX. Todos sentimos una leve inquietud cuando un anuncio en el móvil parece haber leído nuestros pensamientos, pero ¿qué pasa cuando esa capacidad de predicción esté bajo el control absoluto de unas pocas corporaciones? «¿Cómo sostenemos una democracia bajo esas condiciones?».
La cuarta pregunta es «¿Qué le ocurrirá a nuestra humanidad?». Sanders menciona la soledad en la parte más desgarradora de su discurso. Citando un estudio de Common Sense Media que arroja que el setenta y dos por ciento de los adolescentes ya recurre a la IA en busca de compañía, Sanders se pregunta qué queda de la conexión humana: «¿Qué significa para los jóvenes formar amistades con una IA y aislarse cada vez más de otros humanos?». Sanders cita a John Donne («Ningún hombre es una isla») para recordar nuestra interconexión, pero ¿qué pasa cuando esas relaciones fundamentales se establecen con algoritmos? Si sustituimos al amigo por el chatbot y al profesor por el algoritmo, ¿qué significa realmente ser humano?
La quinta pregunta es «¿Qué coste ambiental tendrá todo esto?». Aquí Sanders derrumba el mito de la nube como una metáfora etérea e inocente, hablando de electricidad, agua e infraestructuras físicas. Señala que un centro de datos de IA relativamente pequeño consume más electricidad que ochenta mil hogares, mientras uno grande, como el que OpenAI y Oracle están construyendo en Texas por ciento sesenta y cinco mil millones de dólares, consumirá tanta electricidad como setecientas cincuenta mil viviendas. Sanders alerta de que la IA no vive en el aire, sino en la tierra y de que el futuro tecnológico no es gratis, ya que implica geografía, conflicto y extracción de recursos.
La sexta pregunta es «¿Cómo cambiará la guerra?». Sanders plantea algo sobre lo que preferimos no pensar. Los líderes políticos suelen ser cautelosos con la guerra porque temen la reacción pública ante las pérdidas humanas, pero ¿qué ocurre si millones de robots soldados reemplazan a los soldados humanos? Sanders teme que, al utilizar armas que no implican bajas humanas propias, la barrera moral para invadir un país se desplomaría. ¿Será más fácil para los gobiernos iniciar guerras si no tienen que preocuparse por bajas humanas? En un mundo con conflictos activos, la IA podría alterar lo que hoy comprendemos como geopolítica.
La séptima pregunta es «¿Podemos perder el control?». Sanders cita a Geoffrey Hinton, el «padrino de la IA», quien abandonó Google para avisar de que estas máquinas podrían superarnos en inteligencia y control antes de lo que pensamos. La pregunta es si los humanos perderemos nuestra capacidad de controlar el planeta. Sanders citó la escena de 2001: Una odisea del espacio donde la superinteligencia HAL se rebela contra sus creadores, indicando que es un escenario que algunos de los principales expertos en IA consideran plausible.
Si el futuro va a ser tan distinto, ¿no deberíamos decidir entre todos cómo queremos que sea? Muchos nos preguntamos lo que Sanders ha llevado al corazón del poder. Su perfil, el de un hombre que ha visto caer muros y levantarse imperios, le otorga autoridad moral para explicar que la tecnología es una herramienta, pero si no tomamos el control de ella, será la herramienta la que termine por controlarnos a nosotros.
Al final, como siempre ocurre con Sanders, la pregunta vuelve a ser sobre el poder. No sobre qué puede hacer la IA, sino sobre quién tiene el mando. Mientras los multimillonarios juegan a ser dioses en Marte o en el metaverso, el senador de Vermont nos recuerda que estamos en la Tierra y que el futuro es demasiado importante para dejárselo solo a las corporaciones tecnológicas. Tal vez, en este siglo de deep fakes impecables y voces sintéticas, nuestra esperanza resida precisamente en la insistencia de un hombre de más de ochenta años con el cabello alborotado y una voz ronca que se niega a que su humanidad sea procesada como simples datos. Está pasando!!!
Por Rafael Martínez-Cortiña.